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  • El juicio de Dios sobre los líderes de su pueblo

    Comparto a continuación otro fragmento del libro “Atrevete a ser santo” escrito por JohnWhite en 1996.  El mismo libro ha sido traducido al castellano en el año 1998.  Por el contenido del mensaje ud. no tardará en darse cuenta que lo que Dios le ha revelado al hermano contiene un alto grado de actualidad por lo cual haríamos bien en prestar atención.

    Por otro lado nos anima el saber que el mensaje que levantamos y defendemos en este tiempo es el mensaje que Dios viene hablando hace algunos años ya.

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         Ezequiel 34 deja en claro que cuando sobreviene el juicio, cae con más peso sobre los líderes. Aquellos a quienes mucho se da, mucho se exige. En tiempos de Ezequiel los gobernantes eran reyes, príncipes, profetas y sacerdotes los que lideraban a Israel y a Judá. Hoy Dios se fija especialmente en ministros ordenados, pastores, maestros de escuela dominical, diáconos, ancianos, párrocos, obispos, sacerdotes, secretarios generales de organizaciones interdenominacionales, líderes de jóvenes, líderes de mujeres, etc.   

    En Ezequiel 34, el profeta acusa a los líderes del pueblo de Dios por no compartir el corazón de Dios. El deseo de Dios por su pueblo es bueno, y Dios acusa a los pastores de explotar sus privilegios en detrimento de las ovejas. Sin duda, las ovejas también tienen su culpa. Pisotean el césped en perjuicio de las otras ovejas y embarran el agua que las otras necesitan. Tal como el pastor, así son las ovejas. Aunque Dios es consciente de la responsabilidad de las ovejas, su ira está dirigida princi­palmente contra los líderes.

    Ezequiel 34 revela el corazón del propio Dios.

    Él anhela a su pueblo, especialmente a su propio pueblo. No es que él nos necesite, sino que nosotros lo necesitamos a él.

    Cuando Dios observa la pobreza en la que vivimos, añora nuestra plenitud y nuestra salud con un ansia que ni siquiera podemos imaginar. Su ira se dirige especialmente hacia los líderes infieles. Por eso Cristo maldijo tan frontalmente a los fariseos.

    Muchos líderes de iglesia, hasta donde yo puedo ver, pertenecen a una de dos categorías. En la primera están aquellos que esconden un enorme aburrimiento y quebranto interior tras una fachada llena de sonrisas. Están próximos a caer en la desilusión y aun la desesperación. En la otra categoría están los que han desarrollado una misteriosa capacidad para alimentar a las ovejas; ejercen poder sobre congregaciones y organizaciones, y sacan provecho de la posición en la que están, a costa del empobrecimiento de sus seguidores. Si bien no se dan cuenta de lo que hacen, la suya es una ceguera elegida. Niegan de manera vergonzosa preci­samente lo que ellos mismos han elegido. Son los pastores de los que escribió Ezequiel.

    Dios ha puesto sobre mi corazón la carga de saber lo que va a suceder a muchos líderes cristianos en Canadá. Ese juicio puede ser también parte del propósito de Dios en otros sitios. Los principios bíblicos así parecen indicarlo, pero sólo se me ha revelado respecto a Canadá, y en relación con el arrepenti­miento: a quién le será concedido y a quién no.

    Una vez por semana, temprano en la mañana, yo solía tomar parte en una reunión de oración a la que asistían mayormente hombres, antes de ir a su trabajo. Nuestra oración se concentraba en la intercesión, y pedíamos un avivamiento para Canadá. Una mañana, durante esa reunión, alrededor de seis años antes de empezar a escribir este libro, sucedió algo que me llenó de temor. Estaba en la mitad de la oración, por así decirlo, quizás en medio de una frase de fina elocuencia o de algo que a mí me parecía muy espiritual, cuando repentinamente una cortina se descorrió ante mí durante unos pocos segundos.

    Me sentí tan impresionado que interrumpí y olvidé totalmente mi oración. Me esforcé por levantarme del sillón en el que estaba y ponerme de pie. No lo logré. Levanté la mano derecha como un policía de tránsito cuando ordena a alguien que se detenga, y exclamé algo así como: ¡No, Dios, no! ¡No hagas eso! ¡Detente!

    Luego me hundí en el asiento nuevamente, abrumado, aturdido y tembloroso. ¿Qué acababa de decir? ¿Me perdonaría Dios por lo que había dicho? Se supone que no debemos hablar así a Dios... ¿O habrá ocasiones en que sí debemos hacerlo?.

    En esos escasos instantes había percibido dos cosas.

    Primero, había visto la oscuridad que desciende sobre hombres y mujeres cuando no dejan que Dios sea Dios en su vida (Romanos 1.21-23). Para mí, esta oscuridad era sólo un concepto bíblico; lo entendía, pero en realidad nunca había visto la oscuridad misma. Verla, en el espíritu, fue aterrador, aplastante. La oscuridad que puede sobrevenirnos es tan horrible que excede las palabras.

    Al mismo tiempo, Dios me dijo lo que iba a suceder a líderes cristianos en todo Canadá. A algunos de ellos les sería concedido arrepentirse. Verían su pecado tal como Dios lo ve, pero también percibirían el amor redentor de Cristo hacia ellos. Muchos llorarían. Otros irían a la tumba sin arrepentirse. Si son realmente personas regeneradas, irán al cielo pero salvándose apenas. Si no lo son, entonces estarán rumbo al infierno. Dios, en su misericordia, nunca me dijo quiénes eran. 

    ¿Le asombra, ahora, que haya exclamado a viva voz?

    Cuando el Espíritu de Dios desciende para revelar tamañas cosas, uno no le desearía al peor de sus enemigos el destino que sabe que tendrán.

    Ya no siento el terror que sentí en ese momento, aunque cuando pienso en aquella visión todavía me siento perturbado. Pero no es esa mi carga. La carga que tengo es la de seguir anunciando lo que he visto. Algunos prestarán atención, otros se burlarán, otros me ignorarán.  Recuerde, usted no puede hacerse a sí mismo apasionado. Sólo Cristo puede despertar pasión en usted. Para hacerlo, primero él debe entrar, y luego debe tener total posesión de su corazón. Cuando eso ocurra, usted lo amará con una pasión ardiente que no podrá reprimir.

  • ATREVETE A SER SANTO - Parte I

    JOHN WHITE, EN SU LIBRO "ATREVETE A SER SANTO" DEDICA UN CAPÍTULO PARA HABLAR DEL ARREPENTIMIENTO.

    ES EN ESE CAPITULO QUE ENCUENTRO ESTE PARRAFO QUE COMPARTO CON TODOS LOS LECTORES DEL BLOG. 

     

    Sólo cuando el Espíritu de Dios mismo abre nuestros ojos, podemos vernos a nosotros mismos y al mundo tal como Dios los ve. ¿Qué es, entonces, lo que nos hace cristianos? Es esa forma particular de conversión que se produce cuando un pecador entra en relación con el Salvador de los pecadores. Ocurre cuando el corazón arrepentido confía en Cristo para el perdón del pecado. Habiéndome visto a mí mismo de una forma que nunca antes me había visto, veo también a Dios de una manera totalmente nueva. Y cuando confío en él, nazco a una nueva vida.

    Llanto, alarma y arrepentimiento

    Las lágrimas en sí no representan arrepentimiento. Ead637fe95a02b1f82f0ce21f4cb0d930.jpgl auténtico arrepentimiento produce un cambio en el comportamiento. La conducta transformada surge de un corazón transformado. En las Escrituras, el término corazón se refiere no tanto a las emociones sino a la persona. Cuando usted cambia, su conducta cambia.
    Empecé afirmando que el arrepentimiento bíblico a menudo se acompaña de alarma y llanto. En algunas personas predomina el temor. Piense en la multitud a la que predicó Pedro en el día de Pentecostés. El apóstol los había acusado de crucificar al Mesías de Dios. De inmediato, reaccionaron con pánico. Curiosamente, el apóstol no los urgió a creer. Después de todo, su sentimiento de alarma indicaba que al menos creían en los hechos que les habían sido presentados. Más bien, Pedro los convocó a arrepentirse de su actitud previa hacia Cristo y, por medio del bautismo, a aceptar la enseñanza de Cristo como una evidencia de que confiaban en su misión mesiánica y en su condición de Hijo de Dios.

    Actualmente veo con frecuencia manifestaciones de llanto y arrepentimiento a la vez. Recuerdo a un detective de policía que cumplía funciones en el departamento contra la inmoralidad, en cierta ciudad canadiense. Quizás como ilustración del principio de que 'hace falta un ladrón para atrapar a otro ladrón', este hombre tenía una conducta dudosa y era infiel a su esposa. Su segundo matrimonio parecía a punto de romperse, cuando Cristo lo encontró.

    Nos conocimos durante un congreso. Como su conversión al cristianismo era tan reciente y estaba tan fresca en su mente, no podía controlar las emociones que esta transformación le producía. La dura caparazón detrás de la cual había estado oculto su verdadero ser ahora estaba destruida. Antes se había mostrado 'todo un hombre'. Ahora, en cambio, durante una reunión de oración lloró sin contenerse, no tanto con tristeza como con gozo y asombro. Nuevamente maravillado por el amor de Dios hacia él y por la gracia de Dios que recibía, cayó de rodillas y clamó: '¡Me salvaste y me sanaste! ¡No lo entiendo! ¿Cómo pudiste...?'

    A esto llamo arrepentimiento 'a la antigua', porque en muchas congregaciones ya no se ve. Sin embargo, ha empezado a ocurrir con más frecuencia, no por efecto de la manipulación por parte de los predicadores, que es algo aborrecible. Ninguna manipulación desde la plataforma puede producir el arrepentimiento que viene de Dios, ya que este es una obra de su Espíritu Santo. La manipulación es una obra de la carne. Ya es hora de que vuelva a darse una renovación a la antigua, y en el próximo capítulo hablaré acerca de su verdadero carácter.